Historia de las campañas militares romanas

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La Columna de Trajano (concluida en 114) es una monumento conmemorativo de alto valor histórico. En su relieve aparecen representadas más de 2.000 figuras humanas que aportan valiosa información sobre el ejército romano y su campaña en la Dacia. Representa las victorias del emperador Trajano contra los dacios. Junto con los arcos de triunfo es uno de los legados históricos más llamativos de las campañas militares romanas que se han conservado hasta nuestros días.

La historia de la Antigua Roma —originalmente una ciudad-estado de Italia y después un imperio que cubría gran parte de Eurasia y el norte de África—, desde el siglo IX a. C. hasta el siglo V d. C., está muy ligada a su historia militar. El núcleo de la historia de las campañas militares romanas es el relato de las batallas terrestres del ejército romano, desde su defensa inicial y posterior conquista de las ciudades de las colinas vecinas de la Península Itálica, hasta la lucha final del Imperio Romano de Occidente por su propia existencia contra los invasores hunos, vándalos y germánicos, tras la división del imperio en los imperios de Oriente y Occidente. A pesar de que el bajo imperio se extendía por las tierras de la periferia del Mediterráneo, en la historia militar de Roma las batallas navales fueron, por lo general, menos significativas que las batallas terrestres, debido a su dominio casi incuestionable del mar tras las feroces luchas navales de la Primera Guerra Púnica.

En primer lugar, el ejército romano luchó contra sus vecinos tribales y los pueblos etruscos de Italia y posteriormente llegó a dominar gran parte del Mediterráneo y más allá, incluyendo las provincias de Britania y Asia Menor en el apogeo del Imperio. Al igual que sucedió con la mayoría de las civilizaciones antiguas, el ejército de Roma sirvió para el triple propósito de asegurar sus fronteras, explotar las zonas periféricas mediante medidas tales como imponer tributos sobre los pueblos conquistados, y mantener el orden interno.[1] Desde el principio, el ejército romano tipificó esta pauta y la mayoría de las campañas de Roma estuvieron caracterizadas por uno de estos tipos: el primero es la campaña territorial expansionista, que normalmente empezaba en forma de contraofensiva,[2] en la que cada victoria conllevaba la subyugación de grandes extensiones de territorio y que permitió a Roma pasar de ser un pequeño pueblo al tercer imperio más grande del mundo antiguo, abarcando casi la cuarta parte de la población mundial;[3] el segundo son las guerras civiles, que azotaron a Roma con frecuencia desde su misma fundación hasta su desaparición final.

Los ejércitos romanos no eran invencibles, a pesar de su formidable reputación y el gran número de sus victorias:[4] durante siglos, los romanos «produjeron su propia ración de incompetentes»[5] que condujeron a los ejércitos romanos a derrotas catastróficas. No obstante, el destino de los mayores enemigos de Roma, como Pirro y Aníbal,[6] solía ser el de ganar la batalla pero perder la guerra. La historia de las campañas romanas es, ante todo, la historia de una persistencia obstinada que supera terribles derrotas.[7] [8]

Contenido

[editar] Pre-república (756 a. C. – 459 a. C.)

El rapto de las sabinas, de Nicolas Poussin, Roma, 1637–1638 (Museo del Louvre)

Roma es casi única en el mundo antiguo en el sentido de que su historia, militar o no, está documentada en gran detalle casi desde la misma fundación de la ciudad hasta su desaparición final. Aunque, tristemente, algunas historias se han perdido, como el relato de Trajano de las Guerras Dacias, y otras, como las primeras historias de Roma, son como mínimo medio apócrifas, los relatos existentes de la historia militar de Roma son sin embargo extensos.

La primera de las historias, de la época en la que Roma se fundó como una pequeña villa tribal,[9] hasta la caída de los reyes de Roma, es la que peor preservada está. Esto es porque, aunque los primeros romanos solo sabían escribir hasta cierto punto,[10] o bien carecían de la voluntad necesaria para registrar su historia, o bien las historias que registraron se perdieron.[11]

Aunque el historiador romano Tito Livio enumera una serie de siete reyes de la Roma primordial en su trabajo Ab Urbe Condita, desde su establecimiento y a través de sus primeros años, los cuatro primeros «reyes» (Rómulo,[12] Numa,[13] [14] Tulio Hostilio[15] [14] y Anco Marcio[16] [14] ) son casi con total seguridad completamente apócrifos. El historiador Michael Grant y otros afirman que antes de que se estableciera el reinado etrusco de Roma bajo el quinto rey tradicional Lucio Tarquinio Prisco,[17] Roma habría estado dirigida por un líder religioso de algún tipo.[18] Se sabe muy poco de la historia militar de Roma durante esta época y lo que nos ha dejado la historia es de naturaleza legendaria más que factual. Según la tradición, Rómulo fortificó una de las siete colinas de Roma, el Monte Palatino, tras fundar la ciudad, y Livio afirma que poco después de su fundación Roma era «igual a cualquiera de las ciudades cercanas en destreza guerrera».[19]

«Los sucesos anteriores a que la ciudad fuese fundada o planeada, que nos han sido transmitidos más como agradables ficciones poéticas que como registros fidedignos de los sucesos históricos, no los intento ni afirmar ni refutar. A la antigüedad le concedemos la indulgencia de hacer que el origen de las ciudades sea más impresionante al fundir lo humano con lo divino, y si algún pueblo debe poder santificar su origen y afirmar a los dioses como sus fundadores, sin duda la gloria del pueblo romano en la guerra es tal que, cuando se jacta de tener a Marte como padre... las naciones del mundo consentirían con esta afirmación igual que lo hacen bajo nuestro gobierno».
Livio, sobre la historia primordial de Roma[20]

La primera campaña, si se puede llamar así, en la que lucharon los romanos según este relato legendario es el rapto de las mujeres de varias villas cercanas habitadas por el pueblo sabino, con el propósito de «engendrar a sus hijos»,[21] un suceso conocido como el rapto de las sabinas. De acuerdo con Livio, la villa sabina de Caenina respondió primero invadiendo territorio romano, pero fueron repelidos y su ciudad capturada. Luego, los sabinos de Antemnae fueron derrotados de manera similar, y también los sabinos de Crustumeria. El grupo principal restante de los sabinos atacó Roma y capturó brevemente su ciudadela, pero fueron repelidos.[22]

Hubo más guerras contra Fidena,[23] Veyes, Alba Longa,[24] Medulia, Apiola,[25] y Colacia.[26]

Bajo los reyes etruscos Lucio Tarquinio Prisco,[27] Servio Tulio[28] [22] y Lucio Tarquinio el Soberbio,[29] [22] Roma se expandió hacia el noroeste, entrando en conflicto de nuevo con Veyes tras la expiración del tratado que había terminado con su guerra anterior.[30] Hubo otra campaña más contra Gabii,[31] [32] y más tarde contra los rutuli.[33] Los reyes etruscos fueron derrocados,[34] como parte de una reducción más amplia del poder etrusco en la región durante este periodo, y Roma se reformó como república,[35] [36] una forma de gobierno basada en la representación popular, en contraste con el anterior reinado autocrático.

[editar] Primera república romana (458 a. C. – 282 a. C.)

Artículo principal: Guerras Latinas

[editar] Primeras campañas italianas (458–396 a. C.)

Este mapa muestra los vecinos etruscos de Roma

Las primeras guerras romanas no apócrifas fueron guerras de expansión y defensa cuyo objetivo era proteger a Roma de las ciudades y naciones vecinas y establecer su territorio en la región.[37] Floro escribe que en esta época:

Sus vecinos, por todos los lados, los acosaban continuamente... y, por cualquier puerta por la que salieran, siempre se encontraban con un enemigo.[34]

Aunque las fuentes discrepan, es posible que Roma fuera sitiada dos veces por los ejércitos etruscos en este periodo, la primera vez alrededor del 509 a. C., bajo el recién depuesto rey Tarquinio el Soberbio,[38] [39] y de nuevo en 508 a. C. bajo el etrusco Lars Porsenna.[40] [38] [41] [34]

Inicialmente, los vecinos inmediatos de Roma eran pueblos o villas latinas[42] con un sistema tribal similar al de Roma, o bien sabinos tribales de los montes Apeninos y más allá.[43] Uno tras otro, Roma venció a los persistentes sabinos y a las ciudades locales que estaban bajo control etrusco o los pueblos latinos que habían desechado a sus gobernantes etruscos, como había hecho Roma.[43] Roma venció a los lavinios y a Tusculum en la Batalla del Lago Regilo en 496 a. C.,[44] [45] [42] a los sabinos en una batalla desconocida en 446 a. C.,[44] a los ecuos en la Batalla del Monte Álgido en 458 a. C. y en la Batalla de Corbione en 446 a. C.[46] ), a los volscos[47] en la Batalla de Corbione[48] en 446 a. C. y la captura de Antium en 377 a. C.[49] ), a los aurunci en la Batalla de Aricia,[50] y a los veyentes en la Batalla del Cremera en 477 a. C.,[51] [52] la Captura de Fidena en 435 a. C.[53] [52] y el Sitio de Veyes en 396 a. C.[48] [53] [52] [54] Tras vencer a los veyentes, los romanos habían completado efectivamente la conquista de sus vecinos etruscos inmediatos,[55] además de asegurar su posición contra la amenaza inmediata que suponían las tribus de los montes Apeninos.

Sin embargo, Roma controlaba todavía un área muy limitada, y los asuntos de Roma tenían poca importancia incluso en el contexto de Italia: por ejemplo, los restos de los veyentes se encuentran enteramente en el interior de los suburbios de la Roma moderna[48] y los asuntos de Roma solo empezaban a llamar la atención de los griegos, la fuerza cultural dominante en esa época.[56] En ese momento, la mayor parte de Italia seguía en manos de los latinos, los sabinos, los samnitas y otros pueblos de la parte central de Italia, de las colonias griegas del sur y, sobre todo, de los pueblos celtas, incluyendo los galos, por el norte. En esta época, la civilización celta era vivaz y estaba creciendo en fuerza y territorio, y se extendía, aunque sin cohesión, por gran parte de la europa continental. Fue a manos de los celtas galos que los romanos sufrirían una humillante derrota que retrasaría su avance y dejaría huella en la conciencia romana.

[editar] Invasión celta de Italia (390–387 a. C.)

Alrededor del 390 a. C., varias tribus galas habían empezado a invadir Italia desde el norte, al ir expandiéndose su cultura por toda Europa. Esto era prácticamente desconocido para los romanos de esa época, que todavía tenían intereses puramente locales, pero los romanos se alertaron cuando una tribu especialmente guerrera,[56] [57] los senones,[57] invadió la provincia etrusca de Siena desde el norte y atacó la ciudad de Clusium,[58] no muy alejada de la esfera de influencia de Roma. Los habitantes de Clusium, abrumados por el tamaño del enemigo en número y ferocidad, pidieron ayuda a Roma. Quizás sin pretenderlo,[56] los romanos no se encontraron solo en conflicto con los senones, sino como su objetivo principal.[58] Los romanos fueron a su encuentro en una batalla campal, la Batalla de Alia,[56] [57] alrededor del 390–387 a. C. Los galos vencieron al ejército romano, de unos 15.000 hombres,[56] y continuaron persiguiendo a los romanos que huían hasta la propia ciudad de Roma, que saquearon parcialmente[59] [60] hasta que fueron o bien repelidos[61] [57] [62] o bien sobornados.[56] [58]

Ahora que los romanos y los galos habían derramado la sangre uno del otro, la actividad guerrera entre ambos continuaría en Italia durante más de dos siglos, incluyendo la Batalla del Anio,[57] la Batalla del Lago Vadimo,[57] la Batalla de Fesula en 225 a. C., la Batalla de Telamón en 224 a. C., la Batalla de Clastidio en 222 a. C., la Batalla de Cremona en 200 a. C., la Batalla de Mutina en 194 a. C., la Batalla de Arausio en 105 a. C., y la Batalla de Vercelae en 101 a. C. El problema celta no se resolvería para los romanos hasta la subyugación final de todos los galos tras la Batalla de Alesia en 52 a. C.

[editar] Expansión romana en Italia (343–282 a. C.)

Véase también: Guerras Samnitas
Montes Apeninos alrededor de Samnio

Tras recuperarse con sorprendente rapidez del saqueo de Roma,[63] los romanos retomaron inmediatamente su expansión por Italia. A pesar de sus éxitos hasta el momento, su dominio del conjunto de Italia no estaba asegurado de ninguna manera en aquel momento: los samnitas eran un pueblo tan marcial[64] y tan rico[65] como el romano y con un objetivo propio de asegurarse más tierras en las fértiles[65] planicies italianas sobre las que se encontraba la propia Roma.[66] La Primera Guerra Samnita, que tuvo lugar entre el 343 a. C. y el 341 a. C. y fue consecuencia de las incursiones generalizadas de los samnitas en el territorio de Roma,[67] fue un episodio relativamente corto: los romanos vencieron a los samnitas tanto en la Batalla del Monte Gauro, en 342 a. C., como en la Batalla de Suessula, en 341 a. C., pero tuvieron que retirarse de la guerra antes de terminar con el conflicto, debido a la revuelta de varios de sus aliados latinos en la Segunda Guerra Latina.[68] [69]

Roma, por tanto, se vio forzada a enfrentarse alrededor del año 340 a. C. contra las incursiones samnitas en su territorio y, simultáneamente, a participar en una agria guerra contra sus anteriores aliados. Roma venció a los latinos en la Batalla del Vesubio y de nuevo en la Batalla de Trifano,[69] tras lo cual las ciudades latinas quedaron obligadas a someterse al gobierno romano.[70] [71] Quizás debido al trato indulgente que le dispensó Roma a su enemigo vencido,[68] los latinos se sometieron muy amigablemente al gobierno romano durante los siguientes 200 años.

La Segunda Guerra Samnita, del 327 a. C. al 304 a. C., fue mucho más larga y un acontecimiento mucho más serio tanto para los romanos como para los samnitas,[72] que duró más de veinte años y constó de veinticuatro batallas[65] que produjeron cuantiosas bajas en ambos bandos. La fortuna de ambos contendientes fluctuó durante el curso de la guerra: los samnitas tomaron Neapolis en la Captura de Neapolis en 327 a. C.,[72] y los romanos la recapturaron antes de perder en la Batalla de las Horcas Caudinas[72] [73] [65] y en la Batalla de Lautulae. Luego los romanos resultaron victoriosos en la Batalla de Boviano, y la marea corrió fuertemente en contra de los samnitas a partir del 314 a. C. en adelante, llevándoles a pedir la paz en términos cada vez menos generosos. En 304 a. C. los romanos se habían anexionado la mayor parte del territorio samnita, fundando varias colonias. Este patrón de ir al encuentro de las agresiones y ganar terreno casi inadvertidamente en contraataques estratégicos terminaría convirtiéndose en una característica común de la historia militar de Roma.

Siete años después de su derrota, con un dominio de Roma sobre la zona que parecía asegurado, los samnitas se alzaron de nuevo y vencieron a los romanos en la Batalla de Camerino en 298 a. C., comenzando así la Tercera Guerra Samnita. Con este éxito consiguieron reunir una coalición de varios enemigos anteriores de Roma, de los que probablemente todos deseaban evitar que ninguna de las facciones dominara toda la región. El ejército que se enfrentó a los romanos en la Batalla de Sentino[73] en 295 a. C. incluía a los samnitas, los galos, los etruscos y los umbros.[74] Cuando el ejército romano halló una convincente victoria sobre estas fuerzas combinadas, debió quedar claro que poco se podía hacer para evitar el dominio romano de Italia. En la Batalla de Populonia, en 282 a. C., Roma terminó con los últimos vestigios del poder etrusco en la región.

[editar] República romana media (281 a. C. – 148 a. C.)

[editar] Guerra Pírrica (280–275 a. C.)

Ruta de Pirro de Epiro

Al final del siglo III a. C. Roma se había establecido como una gran potencia de la península itálica, pero todavía no había entrado en conflicto con las potencias militares dominantes del Mediterráneo de la época: Cartago y los reinos griegos. Roma había vencido completamente a los samnitas, dominaba a sus pueblos latinos compañeros, y había reducido en gran medida el poder etrusco en la región. Sin embargo, el sur de Italia estaba controlado por las colonias griegas de Magna Grecia,[75] que habían sido aliadas de los samnitas, y la continua expansión de Roma hizo surgir el inevitable conflicto.[76] [77]

Cuando, tras una disputa diplomática entre Roma y la colonia griega de Tarento,[78] estalló una guerra abierta en la batalla naval de Turios,[77] Tarento pidió ayuda militar a Pirro, rey de Epiro.[79] [77] Motivado por sus obligaciones diplomáticas con Tarento y un deseo personal de realización militar,[80] Pirro trasladó un ejército griego de unos 25.000 hombres[77] y un contingente de elefantes de guerra en 280 a. C. a suelo italiano,[81] donde sus fuerzas se unieron a algunos colonos griegos y una parte de los samnitas que se rebeló contra el control romano.

El ejército romano todavía no había visto elefantes en batalla,[82] y su inexperiencia torció la balanza en favor de Pirro, en la Batalla de Heraclea, en 280 a. C.,[77] [83] [82] y de nuevo en la batalla de Asculum en 279 a. C.[84] [83] [85] [82] A pesar de estas victorias, la posición de Pirro en Italia era insostenible. Roma rechazó firmemente negociar con Pirro mientras su ejército permaneciera en Italia.[86] Además, Roma firmó un tratado de apoyo mutuo con Cartago, y Pirro descubrió que, contrariamente a sus expectativas, ninguno de los otros pueblos itálicos se uniría a la causa griega y samnita.[87] Al sufrir unas pérdidas inaceptables en cada enfrentamiento con el ejército romano y no lograr encontrar más aliados en Italia, Pirro se retiró de la península e hizo campaña en Sicilia contra Cartago,[88] abandonando a sus aliados a hacer frente a los romanos por su cuenta.[76]

Cuando su campaña siciliana también terminó siendo un fracaso, a petición de sus aliados italianos, Pirro volvió a Italia para enfrentarse a Roma una vez más. En 275 a. C., Pirro se enfrentó de nuevo all ejército romano en la Batalla de Benevento.[84] Esta vez los romanos habían ideado métodos para tratar con los elefantes de guerra, incluyendo el uso de jabalinas,[84] fuego[88] y, según una fuente, simplemente golpear fuertemente a los elefantes en la cabeza.[82] Aunque la batalla de Benevento no fue decisiva,[88] Pirro se dio cuenta de que tantos años de campañas extranjeras habían agotado y mermado a su ejército y, viendo poca esperanza de mayores ganancias, se retiró completamente de Italia.

Sin embargo, los conflictos con Pirro tendrían un gran efecto en Roma. Esta había demostrado ser capaz de hacer frente a las potencias militares dominantes del Mediterráneo, y demostró con mayor seguridad que los reinos griegos eran incapaces de defender sus colonias en Italia y en otras partes del extranjero. Roma ocupó rápidamente el sur de Italia, subyugando y dividiendo a Magna Grecia.[89] Dominando efectivamente la península itálica,[90] y con una demostrada reputación militar internacional,[91] Roma empezó a mirar hacia afuera para expandirse más allá del suelo italiano. Como los Alpes formaban una barrera natural al norte, y Roma no tenía interés en enfrentarse de nuevo a los fieros galos en batalla, la mirada de la ciudad se volvió hacia Sicilia y las islas del Mediterráneo, una política que los llevaría al conflicto directo con su anterior aliado, Cartago.[92] [91]

[editar] Guerras Púnicas (264–146 a. C.)

Artículo principal: Guerras Púnicas
Teatro de las Guerras Púnicas

Roma empezó a hacer la guerra fuera de la península itálica en las Guerras Púnicas contra Cartago, antigua colonia fenicia[93] de la costa norte de África que se había desarrollado hasta ser un estado poderoso. Estas guerras, que comenzaron 264 a. C.,[94] fueron probablemente el mayor conflicto de la antigüedad[95] y vieron a Roma convertirse en una potencia mediterránea, con territorios en Sicilia, África del Norte, España y, tras las Guerras Macedónicas, Grecia.

La Primera Guerra Púnica comenzó en 264 a. C., cuando las colonias griegas de Sicilia empezaron a apelar a las dos potencias entre las que se encontraban (Roma y Cartago) para resolver conflictos internos.[94] Los deseos de Roma y Cartago de verse implicados en los asuntos de una tercera parte podrían indicar su voluntad de comprobar mutuamente su poder sin entrar en una guerra completa de aniquilación; había ciertamente un considerable desacuerdo dentro de Roma sobre la pertinencia de buscar la guerra en absoluto.[96] La guerra comenzó muy pronto en Sicilia, con batallas terrestres como la de Agrigento, pero el teatro de operaciones se trasladó después a las batallas navales en las costas de Sicilia y África. Para los romanos, la guerra naval era un concepto relativamente inexplorado.[97] Antes de la Primera Guerra Púnica, en 264 a. C., no existía una armada romana como tal, ya que todas las guerras anteriores de Roma se habían librado en Italia. La nueva guerra en Sicilia contra Cartago, una gran potencia naval,[98] forzó a Roma a construir rápidamente una flota y entrenar marineros.[99]

Roma se estrenó en la guerra naval «como un ladrillo en el agua»[92] y las primeras batallas navales de la Primera Guerra Púnica fueron verdaderas catástrofes, como era razonable esperar de una ciudad que no tenía una verdadera experiencia en guerra naval. Sin embargo, después de entrenar a más marineros e inventar una máquina de abordar llamada corvus ('cuervo'),[100] una fuerza naval romana bajo el mando de C. Duillius consiguió derrotar contundentemente a una flota cartaginesa en la Batalla de Mylae. En solo cuatro años, un estado sin ninguna experiencia naval había conseguido superar en batalla a una potencia marítima importante. Se sucedieron otras victorias navales en la Batalla de Tyndaris y la Batalla del Cabo Ecnomo.[101]

Tras haber ganado el control de los mares, una fuerza romana desembarcó en la costa africana bajo el mando de Régulo, que en principio fue victorioso, ganando la Batalla de Adys[102] y forzando a Cartago a pedir la paz.[103] Sin embargo, los términos de la paz que proponía Roma eran tan duros que las negociaciones fracasaron[103] y, en respuesta, los cartagineses contrataron a Xantipo, un mercenario de la marcial ciudad-estado griega Esparta, para reorganizar y liderar su ejército.[104] Xantipo consiguió aislar al ejército romano de su base y reestablecer la supremacía naval de Cartago, luego venció y capturó a Régulo[105] en la Batalla de Túnez.[106]

A pesar de ser derrotados en el suelo africano, con sus nuevas habilidades navales, los romanos vencieron contundentemente de nuevo a los cartagineses en una batalla naval —en gran parte mediante las innovaciones tácticas de la flota romana[94] —, la Batalla de las Islas Egadas, y dejando a Cartago sin flota y sin dinero suficiente para construir una. Para una potencia marítima, la pérdida de su acceso al Mediterráneo afectó financiera y psicológicamente, y los cartagineses volvieron a pedir la paz,[107] durante la cual los romanos lucharon con la tribu de los liguros[108] y con los insubros.[109]

La continua desconfianza condujo a la renovación de las hostilidades en la Segunda Guerra Púnica, cuando Aníbal Barca, un miembro de la familia bárcida de nobleza cartaginesa, atacó Sagunto,[110] [111] una ciudad con lazos diplomáticos con Roma.[112] Luego Aníbal formó un ejército en España y cruzó famosamente los Alpes italianos para invadir Italia.[113] [114] En la primera batalla en suelo italiano, la Batalla del Ticino, en 218 a. C., Aníbal venció a los romanos, bajo el mando de Escipión el viejo, en una pequeña batalla de caballería.[115] [116] El éxito de Aníbal continuó con las victorias en la Batalla del Trebia,[115] [117] la Batalla del Lago Trasimeno,[118] [119] y la Batalla de Cannas,[120] [121] en lo que se considera una de las grandes obras maestras del arte táctico, y durante un tiempo «Aníbal parecía invencible»,[113] capaz de doblegar a los ejércitos romanos a voluntad.[122]

En las tres batallas de Nola, el general romano Marco Claudio Marcelo consiguió contener a Aníbal, pero luego Aníbal aplastó a una sucesión de ejércitos consulares romanos en la Primera Batalla de Capua, la Batalla del Silaro, la Segunda Batalla de Herdonia, la Batalla de Numistro y la Batalla de Asculum. Por entonces, el hermano de Aníbal, Asdrúbal Barca, quería cruzar los Alpes hacia Italia y unirse a su hermano con un segundo ejército. Aunque vencido inicialmente en España en la Batalla de Baecula, el ejército de Cayo Claudio Nerón venció a Asdrúbal en la Batalla del Metauro.[113]

«Aparte del encanto de la personalidad de Escipión y su importancia política como el fundador del dominio mundial de Roma, su trabajo militar tiene mayor valor para los estudiantes modernos de la guerra que cualquier otro capitán del pasado. Su genio le reveló que la paz y la guerra son las dos ruedas sobre las que corre el mundo».
BH Liddell Hart sobre Escipión el Africano[123]

Incapaces de vencer a Aníbal por sí mismos en suelo italiano, y con Aníbal atacando ferozmente la campiña italiana pero poco dispuesto o incapaz de destruir la propia Roma, los romanos tuvieron la audacia de enviar un ejército a África con la intención de amenazar la capital cartaginesa.[124] En 203 a. C., en la Batalla de los llanos del Bagradas, el ejército invasor romano, bajo el mando de Escipión el Africano, venció al ejército cartaginés de Asdrúbal Gisco y Sifax, y Aníbal se retiró a África.[113] En la famosa Batalla de Zama, Escipión venció contundentemente[125] —quizás incluso aniquiló al ejército de Aníbal en el Norte de África—, poniendo fin a la Segunda Guerra Púnica.

Cartago nunca consiguió recuperarse tras la Segunda Guerra Púnica[126] y la Tercera Guerra Púnica que siguió fue en realidad una simple misión punitiva para arrasar la ciudad de Cartago hasta sus cimientos.[127] Cartago estaba prácticamente indefensa y cuando fue asediada ofreció su rendición inmediata, accediendo a una serie de exigencias escandalosas por parte de Roma.[128] Los romanos rechazaron la rendición, exigiendo como un término de rendición más la completa destrucción de la ciudad[129] y, viendo que no tenían mucho que perder,[129] los cartagineses se prepararon para luchar.[128] En la Batalla de Cartago, tras un breve asedio la ciudad fue asaltada y completamente destruida,[130] y su cultura "casi totalmente extinguida".[131]

[editar] Guerras Ilíricas (229–219 a. C.)

Guerras Ilíricas
Artículo principal: Guerras Ilíricas

Tras la Primera Guerra Púnica, los romanos volcaron su actividad militar en intentar erradicar la piratería que asolaba el Mar Adriático. Detrás de estos actos que hacían peligrar las rutas comerciales de los romanos estaba la Reina Teuta, señora de Iliria. Cuando los romanos intentaron entablar negociaciones con ella mediante el envío de embajadores, Teuta dio orden de darles muerte, lo que desembocó en un conflicto que se conoce como Primera Guerra Ilírica (229 a. C.228 a. C.). Durante la guerra, los cónsules Lucio Postumio Albino y Cneo Fulvio Centumalo, a la cabeza de un ejército, lograron vencer a los ilirios, establecieron una gran parte del territorio como un protectorado romano y coronaron monarca a Demetrio de Faros a fin de que controlara a la Reina Teuta.

Durante ocho años se mantuvo la paz entre ilirios y romanos, pero en 220 a. C., Demetrio de Faros, viendo que Roma estaba luchando contra los celtas de la Galia Cisalpina e iniciando las hostilidades con Cartago - Segunda Guerra Púnica - alimentó sus ansias expansionistas creyendo que Roma, que ya estaba luchando con otros dos contendientes, no sería capaz de responder a una ofensiva por su parte. Demetrio, a la cabeza de una flota de 90 navíos de guerra, inició las hostilidades con Roma en 220 a. C., a pesar de que habían sido los propios romanos los que le habían brindado la oportunidad de acceder al poder. Este conflicto se conocería como Segunda Guerra Ilírica. Tras una serie de victorias sin importancia, Demetrio fue derrotado por el almirante naval Lucio Emilio Paulo, padre del general Lucio Emilio Paulo Macedónico, vencedor en la Tercera Guerra Macedónica. Tras su derrota, Demetrio huyó a la corte de Filipo V de Macedonia, donde permaneció como uno de los mayores consejeros del monarca heleno.

[editar] Conquista de la península ibérica (218–19 a. C.)

Vista de satélite de la península ibérica
Artículo principal: Conquista de Hispania

El conflicto de Roma con los cartagineses en las Guerras Púnicas les llevó a expandirse por la península Ibérica, las actuales España y Portugal.[132] El imperio púnico de la familia bárcida consistía en territorios de Iberia, gran parte del cual quedó bajo control romano durante las Guerras Púnicas. Italia siguió siendo el principal teatro de la guerra durante gran parte de la Segunda Guerra Púnica, pero los romanos también intentaron destruir el Imperio Bárcida en Iberia y evitar que los principales aliados púnicos conectaran con las fuerzas de Italia.

Con los años, Roma se había expandido gradualmente a lo largo de la costa sur de Iberia hasta capturar la ciudad de Sagunto en 211 a. C. Tras dos importantes expediciones militares a Iberia, los romanos terminaron aplastando el control cartaginés de la península en 206 a. C., en la Batalla de Ilipa, y la península pasó a ser una provincia de Roma conocida como Hispania. A partir del 206 a. C., la única oposición al control romano de la península provino de las propias tribus nativas celtíberas, que debido a su falta de cohesión no consiguieron evitar la expansión romana.[132]

Tras dos rebeliones a pequeña escala en 197 a. C.,[133] en 195–194 a. C. estalló la guerra entre los romanos y el pueblo lusitano, llamada Guerra Lusitana, en lo que hoy es Portugal.[134] En 179 a. C., los romanos habían conseguido pacificar la mayor parte de la región y ponerla bajo su control.[133]

Alrededor de 154 a. C.,[133] resurgió una importante revuelta en Numancia, conocida como la Primera Guerra Numantina,[132] en la que se produjo una larga guerra de resistencia entre las fuerzas en avance de la república romana y las tribus lusitanas de Hispania. El pretor Serbio Sulpicio Galba y el procónsul Lucio Licinio Luculo llegaron en 151 a. C. y comenzaron el proceso de dominar a la población local.[135] Galba traicionó a los líderes lusitanos, a los que había invitado a unas negociaciones de paz y que luego mató, en 150 a. C., dando un fin poco glorioso a la primera fase de la guerra.[135]

Los lusitanos se sublevaron de nuevo en 146 a. C. bajo un nuevo líder llamado Viriato,[133] invadiendo Turdetania (sur de España) en una guerra de guerrillas.[136] Los lusitanos gozaron de un éxito inicial, venciendo al ejército romano en la Batalla de Tribola y saqueando Carpetania,[137] y luego venciendo a un segundo ejército romano en la Primera Batalla del Monte Venus, en 146 a. C., de nuevo saqueando una ciudad cercana (Segóbriga).[137] En 144 a. C., el general Quinto Fabio Máximo Emiliano hizo una exitosa campaña contra los lusitanos, pero fracasó en sus intentos de arrestar a Viriato.

En 144 a. C., Viriato formó una liga contra Roma con varias tribus celtíberas[138] y las persuadió para que se alzaran también contra Roma en la Segunda Guerra Numantina.[139] La nueva coalición de Viriato venció a los ejércitos romanos en la Segunda Batalla de Venus en 144 a. C.[139] En 139 a. C. fue finalmente asesinado mientras dormía por tres de sus compañeros, a los que roma había prometido recompensas.[140] En 136 y 135 a. C. se hicieron otros intentos para obtener un control completo sobre la región de Numancia, pero fracasaron. En 134 a. C., el cónsul Escipión Emiliano consiguió finalmente suprimir la rebelión tras su exitoso sitio de Numancia.[141]

Como la invasión romana de la península ibérica había comenzado en el sur con los territorios del Mediterráneo controlados por los bárcidas, la última región de la península en quedar subyugada estaba muy al norte. Las Guerras Cántabras, o astur-cántabras, del 29 a. C. al 19 a. C., tuvieron lugar durante la conquista romana de estas provincias norteñas de Cantabria y Asturias. Iberia quedó completamente ocupada en 25 a. C. y la última revuelta fue sofocada en 19 a. C.[142]

[editar] Grecia y Macedonia (215–148 a. C.)

Véase también: Guerras Macedónicas
Véase también: Guerra Romano-Siria
Iliria, Macedonia y Grecia

La preocupación de Roma con su guerra con Cartago le proporcionó a Filipo V de Macedonia, en el norte de Grecia, la oportunidad de intentar extender su poder hacia el oeste. Filipo envió embajadores al campamento de Aníbal en Italia para negociar una alianza como enemigos comunes de Roma.[143] [144] Sin embargo, Roma descubrió este acuerdo cuando los emisarios de Filipo, junto con los de Aníbal, fueron capturados por una flota romana.[143] Queriendo evitar que Filipo ayudara a Cartago en Italia o cualquier otro lugar, Roma buscó aliados en Grecia para hacer una guerra por delegación contra Macedonia en su lugar, encontrándolos en la Liga Etolia de ciudades-estado griegas en el Egeo en la actual Turquía,[144] los ilirios al norte de Macedonia y las ciudades-estado de Pérgamo[145] y Rodas,[145] que hoy en día se encuentran en el Egeo en la actual Turquía.[146]

En la Primera Guerra Macedónica, Roma solo se implicó directamente en algunas operaciones terrestres, y cuando los etolios pidieron la paz con Filipo, la pequeña fuerza expedicionaria romana, sin más aliados en Grecia, pero habiendo conseguido su objetivo de mantener ocupado a Filipo y evitar que ayudara a Aníbal, estaba lista para firmar la paz.[146] Roma y Macedonia firmaron un tratado en Fenice en 205 a. C., que prometía a Roma una pequeña indemnización,[130] y que formalmente terminaba con la Primera Guerra Macedónica.[147]

En 200 a. C., Macedonia empezó a ocupar territorio reclamado por varias ciudades estado griegas, y estas solicitaron ayuda de su nuevo aliado, Roma.[148] Roma le dio a Filipo un ultimátum por el que debía someter Macedonia para que fuera esencialmente una provincia romana. Filipo, naturalmente, lo rechazó y, tras cierta renuencia interna a mayores hostilidades,[149] Roma le declaró la guerra a Filipo en la Segunda Guerra Macedónica.[148] En la Batalla del Aoo, las fuerzas romanas de Tito Quincio Flaminino vencieron a los macedonios,[150] y en 197 a. C., en una segunda batalla de mayor envergadura, bajo los mismos comandantes, la Batalla de Cinoscéfalos,[151] Flaminino volvió a vencer a los macedonios de forma contundente.[150] [152] Macedonia se vio forzada a firmar un tratado por el que renunciaba a todos sus reivindicaciones sobre el territorio de Grecia y Asia y tenía que pagar una indemnización de guerra a Roma.[153]

Entre la segunda y la tercera guerra macedónica, Roma encaró más conflictos en la región debido a una cambiante maraña de rivalidades, alianzas y ligas que buscaban obtener mayor influencia. Después de la derrota de Macedonia en la Segunda Guerra Macedónica de 197 a. C., la ciudad-estado griega de Esparta entró en el vacío de poder parcial de Grecia. Temiendo que los espartanos adquirieran un control cada vez mayor de la región, los romanos recurrieron a la ayuda de sus aliados para embarcarse en la guerra entre Roma y Esparta, venciendo al ejército espartano en la Batalla de Gitión en 195 a. C.[153] También lucharon con sus anteriores aliados, la Liga Etolia, en la Guerra Etolia,[154] contra los istrianos en la Guerra Istriana,[155] contra los ilirios en las Guerras Ilíricas,[156] y contra Acaya en la Guerra Acaya.[157]

Luego Roma centró su atención en Antíoco III del Imperio Seléucida, al este. Tras unas lejanas campañas en Bactria, India, Persia y Judea, Antíoco se trasladó a Asia Menor y Tracia[158] para proteger varios pueblos costero, un movimiento que le llevó a entrar en conflicto con los intereses romanos. Una fuerza romana bajo el mando de Manio Acilio Glabrio venció a Antíoco en la Batalla de las Termópilas[159] y le forzaron a evacuar Grecia:[160] luego los romanos persiguieron a los seléucidas más allá de Grecia, venciéndolos de nuevo en las batallas navales de Eurimedonte y Mioneso, y finalmente en la decisiva Batalla de Magnesia.[160] [161]

En 179 a. C., Filipo murió[162] y su talentoso y ambicioso hijo, Perseo, tomó el trono y mostró un renovado interés en Grecia.[163] También se alió con los belicosos Bastarnos,[163] y tanto esto como sus acciones en Grecia violaron posiblemente el tratado que firmó su padre con los romanos o, si no, ciertamente no era «comportarse como debe hacerlo un subordinado [según Roma]».